Méritos, méritos, dichosos méritos. El primo de los retos, el mérito.
Tienen ambos sus ámbitos, no digo que no. Pero en cuestiones de atracción perversa, cumplimiento de fantasías, deseos inconfesables y sensaciones ajenas al buen orden y la moral, la meritocracia y el estímulo retador están de más.
Algo tan sencillo como poder ser o no poder, no requiere de concursos, calificaciones o desafíos. En absoluto. Suele ocurrir que sí puede ser necesario en alguna de las facetas circunstanciales que se estima que deban acompañar al aspirante a cumplir con la inclinación perversa que procura tan intenso placer. Pero es en lo circunstancial, no en la esencia.
Ocurre que sin esencia no hay placer, pero sin lo contingente, sí. Mas parece que lo habitual es poner primero por delante lo accesorio. Sí, por supuesto, depende de la conciencia de riesgo de cada uno y de lo que esté dispuesto a arriesgar por acceder a aquello que desea.
Pero es accesorio. Todo es posible con el estímulo adecuado.
Estoy cansado de tropezar con los afines de la meritocracia, casta mediocre de insufrible liviandad. Este debe ser el tercer o cuarto texto que escribo acerca de ello en los últimos años. Pero nada, es imposible. E irá a peor, porque cada vez hay más incapaces usurpando el reino de los infieles. Infieles aquellos que cuando detectan que lo que desean está ahí, adecúan positivamente esa conciencia de riesgo.
El resto.....de verdad ¿por qué os marcháis de una vez?
Aunque sólo sea por el tiempo que me hacéis perder.