Buenos días, Señor.
Mantras
1º
Demasiado orgullo
Demasiado orgullo
Demasiado orgullo
2º
No soy especial
No soy especial
No soy especial
3º
Complacer
Complacer
Complacer
Estados de ánimo
1º
Furiosa
2º
Triste
3º
Aprendiendo
Una estupenda progresión. Aprende, sí.
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lunes, 8 de septiembre de 2014
domingo, 31 de agosto de 2014
Agua de sal
La mañana anuncia un día cálido. Quizá demasiado para pasarlo entero en la playa, pero ahora que estaba allí, no iba a pararse a pensar si era conveniente o no. Iría.
Esperaba su llamada, aunque no sabía cuando. Pero llegaría. En todo caso, las instrucciones eran concretas, y sólo pensar en ellas le hacía reaccionar. Y para que no se le olvidara nada, llevaba en las muñecas el recuerdo constante de quien le había indicado lo que debía hacer, y como.
El teléfono sono antes de salir. Era lo que esperaba, y su cuerpo respondió de inmediato. La voz al otro lado surgió como de costumbre, tranquila y divertida, y tras tomarle el pulso le recordó punto por punto todo lo que debía hacer. De despedida, dos azotes y dos tirones. Al instante. Delante de todo el mundo.
Tumbada en la toalla, sólo vestida con las pulseras en sus muñecas, acabó con la última tarea. La toalla, mojada, daba fe del empeño que puso en cumplirla. Se levantó, con los muslos empapados, y se dirigió al agua.
El calor la rodeaba, invadiéndola por completo, y se acercó despacio a la orilla, disfrutando del febril encanto del momento. Se sumergió, poco a poco, y el frescor dibujó el contraste con el calor de su piel, envolviéndola, meciéndola.
Sintió que se deshacían los nudos que la ataban a unos usos y costumbres que ya no iban con ella. Que se disolvían las trabas que le impedían ser. Que se llenaba de la fuerza que necesitaba para tomar decisiones largo tiempo postergadas. Que sus miedos, por un momento, se desvanecían y dejaban salir a un nuevo yo.
La intensidad se convirtió en calma, y allí dentro, en el agua de sal, se sintió renacer.
El milagro de la vida, al borde del mar. Con calor y sal.
Esperaba su llamada, aunque no sabía cuando. Pero llegaría. En todo caso, las instrucciones eran concretas, y sólo pensar en ellas le hacía reaccionar. Y para que no se le olvidara nada, llevaba en las muñecas el recuerdo constante de quien le había indicado lo que debía hacer, y como.
El teléfono sono antes de salir. Era lo que esperaba, y su cuerpo respondió de inmediato. La voz al otro lado surgió como de costumbre, tranquila y divertida, y tras tomarle el pulso le recordó punto por punto todo lo que debía hacer. De despedida, dos azotes y dos tirones. Al instante. Delante de todo el mundo.
Tumbada en la toalla, sólo vestida con las pulseras en sus muñecas, acabó con la última tarea. La toalla, mojada, daba fe del empeño que puso en cumplirla. Se levantó, con los muslos empapados, y se dirigió al agua.
El calor la rodeaba, invadiéndola por completo, y se acercó despacio a la orilla, disfrutando del febril encanto del momento. Se sumergió, poco a poco, y el frescor dibujó el contraste con el calor de su piel, envolviéndola, meciéndola.
Sintió que se deshacían los nudos que la ataban a unos usos y costumbres que ya no iban con ella. Que se disolvían las trabas que le impedían ser. Que se llenaba de la fuerza que necesitaba para tomar decisiones largo tiempo postergadas. Que sus miedos, por un momento, se desvanecían y dejaban salir a un nuevo yo.
La intensidad se convirtió en calma, y allí dentro, en el agua de sal, se sintió renacer.
El milagro de la vida, al borde del mar. Con calor y sal.
domingo, 15 de junio de 2014
Siete pasos
O cuatro. Puede que 20. El caso es que son pasos. Seguidos. Algunos
placenteros, otros dolorosos. Unos vienen con el estímulo acompañando,
otros chocando contra lo que se pensaba inamovible, alguno descubre
querencias que asustan, e incluso a veces situan en un lugar que
directamente se rechaza....y a la vez se desea; un juego de balance
entre deseo y razón en el que hay que encontrar el equilibrio justo para
poder ceder a los impulsos, ser arrastrado sin caer en el torbellino
que te hunda para siempre jamás. La adrenalina del riesgo, la pasión por
lo indebido, por lo ajeno que es propio.
El uniforme de los pasos es un tejudo de piel y calor, elevado por unos tacones nada más para comenzar esos pasos. Imágenes regaladas, imposibles, unas pinzas que acompañan.
Pasos mojados, privados, interiores, densos, intensos, pertubradores, placenteros, preñados de valor y miedo. Una confianza menor de la que se cree pero suficiente para conocer que se está en buenas manos.
El culo hacia afuera, el pecho generoso colgando, la voz que se templa, jadea, un azote, un grito; sorpresa y más humedad, reacción en le vientre. Más palmadas, en ambas nalgas, voz casi rota, deseo, mucho deseo, suspiros, las pinzas en los pezones, trasmitiendo en cada impacto la punzada que baja directa al sexo, en un círculo caliente e infernal, y más, pide más.
Arqueada, tensa, los ojos se nublan, el tiempo no existe, solo la cuenta, uno tras otro, pasando la decena, y otra más, una pezón liberado, el grito de nuevo, el espasmo, voz ronca, en un ronroneo obsceno, suplicando la orden, que por fin, llega, las dos pinzas fuera y el cuerpo entero que se convulsiona en un murmullo intenso.
Acaba arrodillada, la frente en el suelo, una situación familiar, que le dibuja lu lugar. El ronroneo ronco continúa, y así permenece, vestida como debe, ofrecida.
Un paso más. Y los que vengan.
Un paso más camino del cielo por la ruta del infierno. O al revés. Tanto monta. Y montará
El uniforme de los pasos es un tejudo de piel y calor, elevado por unos tacones nada más para comenzar esos pasos. Imágenes regaladas, imposibles, unas pinzas que acompañan.
Pasos mojados, privados, interiores, densos, intensos, pertubradores, placenteros, preñados de valor y miedo. Una confianza menor de la que se cree pero suficiente para conocer que se está en buenas manos.
El culo hacia afuera, el pecho generoso colgando, la voz que se templa, jadea, un azote, un grito; sorpresa y más humedad, reacción en le vientre. Más palmadas, en ambas nalgas, voz casi rota, deseo, mucho deseo, suspiros, las pinzas en los pezones, trasmitiendo en cada impacto la punzada que baja directa al sexo, en un círculo caliente e infernal, y más, pide más.
Arqueada, tensa, los ojos se nublan, el tiempo no existe, solo la cuenta, uno tras otro, pasando la decena, y otra más, una pezón liberado, el grito de nuevo, el espasmo, voz ronca, en un ronroneo obsceno, suplicando la orden, que por fin, llega, las dos pinzas fuera y el cuerpo entero que se convulsiona en un murmullo intenso.
Acaba arrodillada, la frente en el suelo, una situación familiar, que le dibuja lu lugar. El ronroneo ronco continúa, y así permenece, vestida como debe, ofrecida.
Un paso más. Y los que vengan.
Un paso más camino del cielo por la ruta del infierno. O al revés. Tanto monta. Y montará
lunes, 12 de mayo de 2014
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