Caliente, tanto que enseguida el vapor nubla la estancia.
Agua resbalando sobre la piel.
Solo piel, lisa, perfumada, suave.
Tan delicadamente preparada que al recorrerla el tacto no encuentra el menor relieve.
Y el agua se desliza libre, siguiendo las curvas que sólo la carne dibuja debajo de tu tersura.
No es fácil retenerla. Se resbala entre los dedos, y la fuerza no sirve más que para aumentar la frustración de la presa inútil.
Se revuelve, ríe y provoca, mostrando con descaro su excitación, su
pliegues tensos, el volumen pleno, mientras se zafa una y otra vez, en
un juego que sabe, en cualquier caso, que no ha de ganar, pues no carece
de puntos que facilitan su control.
Uno de los aros que la adornan, en un descuido, queda al alcance de
mis dedos. Y se acabó el juego. El rictus de dolor se mezcla con la
mirada brillante, a la vez que toda ella, como por ensalmo, se relaja,
quedando sólo la tensión del vértice ahora en punta que dibuja una línea
con mi mano.
Tiro suave e inexorablemente hacia abajo, y mientras cae de rodillas,
la mirada en alto amplifica el descenso que el resto de su cuerpo no
puede evitar seguir.
Me gusta el agua, y mientras acaricio su cabeza desnuda, ahora
comienza otro juego entre el vaho, la humedad y el calor que no dejan de
envolvernos.
La conciencia te pertenece.
El pensamiento te pertenece.
Incluso la percepción te pertenece.
El pensamiento estoico también tiene sus límites.
Puestos a citar a tan acomodable hedonista, me quedo con:
"Si lo que haces no te hace peor, entonces no es malo".
Pues el ser también nos pertenece. Otra cosa es que te pertenezca el cómo ser.
Versátil Marco Aurelio, indudablemente indicado para la moral de este tiempo.