Líneas escritas en la oscuridad cotidiana que inútilmente trata de domesticar el brillo que nace en lo más profundo de un sueño. Y anuncian luz.
"El dulce es un sabor elemental. Les gusta a todos los que tienen poco paladar. Es parecido al salado.
El amargo es el más rico en matices y en sensaciones, es para adultos,
para catadores, para mujeres de rodillas, con las piernas separadas y la
cara contra el suelo y los pezones rozándole.
Parecería muy amargo si
no hubiese un hombre detrás decidiendo por
donde empezar a dsifrutar. En ese momento, la amargura de la inútilidad,
la mas amarga de todas, se convierte en la dulzura del dar placer."
¿De qué sirven las flores que crecen en los caminos?
¿De qué sirve la tarde?
Paisaje inútil
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jueves, 2 de octubre de 2014
martes, 10 de junio de 2014
El realismo de lo cotidiano
"Ayer fue un mal día para la imaginación.
El realismo de lo cotidiano impuso su dictadura del tiempo absorviendo todos los ámbitos del día.
En el último instante de la consciencia, cuando mi mente de liberaba de lo cotidiano y los deseos ocupan el lugar de los deberes, sentí, en mi mente, que mi piel aún tenia pendientes deliciosas entregas. Un azote sonó en mi mente y puse en marcha el rito de sumisión que me encargo."
El rito persigue que te sientas sumisa en tu interior, como parte de ti. Algo natural, fluido, y que no comporte obligación ni actos pendientes.
En cualquier momento puede surgir, y saldrá de la propia calma que te proporciona, de la seguridad de la sensación que percibes, y de la certeza de lo que comienzas a ser, sin necesidad de prisas o urgencias. Está en tu mente, y esa a nadie pertenece...salvo en los momentos en voluntariamente me la entregas.
El rito de sumisión tiene esa doble función, traerte la calma e ir madurando tu entrega, paso a paso. Aunque llegues a sentir la fiebre en la piel, el calor en tu interior, esa certidumbre íntima es la que te hace disfrutar de esa sensción de calma dentro del huracán.
Siempre hay un instante inesperado que hará que prenda la chispa de la imaginación; unas piernas que se descruzan, una ropa que se ajusta, un toque sobre la piel, la visión de un objeto que inspire un deseo oscuro, unos labios humecidos, una necesidad de un receso......
Cuando lo reconozcas, agacha la cabeza, piénsate sumisa y entrégate.
Una sola vez ya es una dicha, y a partir de ahí....disfruta por lo que tienes, la guía que te lleva.
Un delicioso balance, sentirte dos veces mía
El realismo de lo cotidiano impuso su dictadura del tiempo absorviendo todos los ámbitos del día.
En el último instante de la consciencia, cuando mi mente de liberaba de lo cotidiano y los deseos ocupan el lugar de los deberes, sentí, en mi mente, que mi piel aún tenia pendientes deliciosas entregas. Un azote sonó en mi mente y puse en marcha el rito de sumisión que me encargo."
El rito persigue que te sientas sumisa en tu interior, como parte de ti. Algo natural, fluido, y que no comporte obligación ni actos pendientes.
En cualquier momento puede surgir, y saldrá de la propia calma que te proporciona, de la seguridad de la sensación que percibes, y de la certeza de lo que comienzas a ser, sin necesidad de prisas o urgencias. Está en tu mente, y esa a nadie pertenece...salvo en los momentos en voluntariamente me la entregas.
El rito de sumisión tiene esa doble función, traerte la calma e ir madurando tu entrega, paso a paso. Aunque llegues a sentir la fiebre en la piel, el calor en tu interior, esa certidumbre íntima es la que te hace disfrutar de esa sensción de calma dentro del huracán.
Siempre hay un instante inesperado que hará que prenda la chispa de la imaginación; unas piernas que se descruzan, una ropa que se ajusta, un toque sobre la piel, la visión de un objeto que inspire un deseo oscuro, unos labios humecidos, una necesidad de un receso......
Cuando lo reconozcas, agacha la cabeza, piénsate sumisa y entrégate.
Una sola vez ya es una dicha, y a partir de ahí....disfruta por lo que tienes, la guía que te lleva.
Un delicioso balance, sentirte dos veces mía
sábado, 7 de junio de 2014
Rito de la paciencia
Cada vez que en tu mente resuene un azote, pasa tus manos primero por tus nalgas, apenas rozándolas.
Después, haces lo mismo por tu pecho, dibujando su forma con ellas, sin tocarlo.
Finalmente, haces ademán de azotar tu sexo.....de nuevo sin llegar a tocarlo.
Quiero que me sientas cada "golpe". Te los estaré dando..en tu espera.
Al final del día me has de decir cuantos azotes te di.
Después, haces lo mismo por tu pecho, dibujando su forma con ellas, sin tocarlo.
Finalmente, haces ademán de azotar tu sexo.....de nuevo sin llegar a tocarlo.
Quiero que me sientas cada "golpe". Te los estaré dando..en tu espera.
Al final del día me has de decir cuantos azotes te di.
viernes, 31 de mayo de 2013
Más oficinas
Parafraseando a Gabinete,
"oficinas, que lugares, tan gratos para conversar.
No hay como el calor de un azote en la oficina"
Un comienzo habitual. Aquel nick tan magnético nacido de la casualidad atraía los carácteres de curiosidad más perversa. Y quien se atrevía a acercarse a ese aura obligatoriamente tenía en mente una sucesión de placeres intensos aderezados con su dosis de dolor.
Y en este caso no era una excepción. Cuerpo de deportista y cabeza llena de deseos. Desgraciamente, las circustancias impidieron un contacto continuado, pero nos dejó algunos momentos inolvidables.
La hora adecuada era al mediodía, cuando se quedaba sola en su despacho, aunque no en la oficina. Me daba aviso y comenzaba el juego. Un juego de órdenes obedecidas que poco a poco le obligaban a ser más atrevida. El riesgo cierto de que en cualquier momento alguien pudiera sorprenderla la estimulaba considerablemente. Casi tanto como sentir como obedecía a un extraño y hacía cosas que en frío se habría negado simplemente a considerar.
Aquel día parecía especialmente dispuesta. Hasta entonces, los escarceos fueron breves, sin pasar a mayores. Siempre con falda (que gusto alguien así, que no haya que recordarle lo que me agrada), con un interior atractivo, en todos los aspectos. Normalmente, con una camisa, ideal para los juegos. Y la inequívoca voluntad de obedecer.
Se notaba ese deseo, así como las tensiones provocadas por un lado por la posibilidad real de ser descubierta en tareas particulares, y su propia pulsión sexual, habitualmente intensa. Poco a poco fue dejando que la piel tomara preeminencia sobre la tela, y el uso de los instrumentos que poblaban su mesa, mezclados con su imaginación y agitados con calma perversa iban dejando un rastro inconfundible. Sí, la silla daba fe de ello, y había que remediar la situación.
Puesta pues en jurisdicción, me dijo que necesitaba aliviar la urgencia, como nunca lo había pedido, y me solicitó humildemente poder ir al servicio. Así, tal y como estaba, arrodillada en el suelo, expuesta obscenamente y con ansia por ser satisfecha, es como habría de ir, si tanto lo deseaba. Naturalmente, dijo que no podía ser, que el riesgo era excesivo. Le ofrecí como alternativa hacerlo allí mismo, pero con una condición: No podía separar las manos ni las rodillas del suelo mientras obtenía satisfacción.
Me preguntó como hacerlo. Le pedi que me describiera su mesa, y lo hizo. Resultó tener unas patas redondas y de un diámetro suficiente. Le hice notar la forma y consistencia de tales elementos, y lo captó enseguida. Retrocedió entonces hasta que quedó aprisionada una de las patas entre sus nalgas, acercó la silla para poder limpiarla mientras era libre de mover su cintura como quisiera.
Dos minutos después, pidió permiso para vestirse. El agradecimiento iba implícito en ello. Por una vez, en estos juegos, lamenté no poder ver en una cara la sonrisa que me describió que tenía. Y que le duró una buena temporada.
Y es que a veces, las oficinas.....tienen tela. O falta de ella.
"oficinas, que lugares, tan gratos para conversar.
No hay como el calor de un azote en la oficina"
Un comienzo habitual. Aquel nick tan magnético nacido de la casualidad atraía los carácteres de curiosidad más perversa. Y quien se atrevía a acercarse a ese aura obligatoriamente tenía en mente una sucesión de placeres intensos aderezados con su dosis de dolor.
Y en este caso no era una excepción. Cuerpo de deportista y cabeza llena de deseos. Desgraciamente, las circustancias impidieron un contacto continuado, pero nos dejó algunos momentos inolvidables.
La hora adecuada era al mediodía, cuando se quedaba sola en su despacho, aunque no en la oficina. Me daba aviso y comenzaba el juego. Un juego de órdenes obedecidas que poco a poco le obligaban a ser más atrevida. El riesgo cierto de que en cualquier momento alguien pudiera sorprenderla la estimulaba considerablemente. Casi tanto como sentir como obedecía a un extraño y hacía cosas que en frío se habría negado simplemente a considerar.
Aquel día parecía especialmente dispuesta. Hasta entonces, los escarceos fueron breves, sin pasar a mayores. Siempre con falda (que gusto alguien así, que no haya que recordarle lo que me agrada), con un interior atractivo, en todos los aspectos. Normalmente, con una camisa, ideal para los juegos. Y la inequívoca voluntad de obedecer.
Se notaba ese deseo, así como las tensiones provocadas por un lado por la posibilidad real de ser descubierta en tareas particulares, y su propia pulsión sexual, habitualmente intensa. Poco a poco fue dejando que la piel tomara preeminencia sobre la tela, y el uso de los instrumentos que poblaban su mesa, mezclados con su imaginación y agitados con calma perversa iban dejando un rastro inconfundible. Sí, la silla daba fe de ello, y había que remediar la situación.
Puesta pues en jurisdicción, me dijo que necesitaba aliviar la urgencia, como nunca lo había pedido, y me solicitó humildemente poder ir al servicio. Así, tal y como estaba, arrodillada en el suelo, expuesta obscenamente y con ansia por ser satisfecha, es como habría de ir, si tanto lo deseaba. Naturalmente, dijo que no podía ser, que el riesgo era excesivo. Le ofrecí como alternativa hacerlo allí mismo, pero con una condición: No podía separar las manos ni las rodillas del suelo mientras obtenía satisfacción.
Me preguntó como hacerlo. Le pedi que me describiera su mesa, y lo hizo. Resultó tener unas patas redondas y de un diámetro suficiente. Le hice notar la forma y consistencia de tales elementos, y lo captó enseguida. Retrocedió entonces hasta que quedó aprisionada una de las patas entre sus nalgas, acercó la silla para poder limpiarla mientras era libre de mover su cintura como quisiera.
Dos minutos después, pidió permiso para vestirse. El agradecimiento iba implícito en ello. Por una vez, en estos juegos, lamenté no poder ver en una cara la sonrisa que me describió que tenía. Y que le duró una buena temporada.
Y es que a veces, las oficinas.....tienen tela. O falta de ella.
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