Desde luego es mala suerte.
Habiendo tanto espacio en el metaverso, tantas posibilidades, tanto hueco para piezas únicas sin espacio, ¿por qué ha tenido que ser el universo del BDSM el que haya tenido que acoger a las piaras de elementos sin adscripción definida? Si la base es muy sencilla, dominio sumisión, dolor, sexo y placer. Aunque se difumine a veces en los extremos, y los genuinos seguidores sean raros por escasos, hay otras disciplinas que acogerían con más coherencia a tanto desecho de tienta de la normalidad.
Pero no, han tenido que venir aquí. Habiendo tanto universo para raros, se adhieren a l que hay aquí. Y no contentos con eso, se quieren quedar con la bandera. La verdad, es que los trapos me dan igual, que se lo cosan a la piel si quieren. Pero de ahí a admitir que me quieran hacer comulgar con ruedas de molino......pues no.
De los cruces con mala casta solo se puede esperar descendientes degradados, por mucho que por las leyes de la genética pueda surgir de modo excepcional algún ejemplar extraordinario. A ver si encuentran otro gueto para visibilizar, van a aparearse allí y nos dejan pronto en paz. Pero me temo que me moriré antes de verlo.
Supongo que estoy harto de marrajos que exigen que las cargues la suerte cuando no valen ni para una faena de aliño. En fin.
Pero no escribo hoy por eso, si no por uno de sus contrastes. Qué se le va a hacer, me gusta observar, y cuando se dan paradojas en el universo observado, sean aparentes o no, la realimentación hace que tienda a mirar de una manera casi compulsiva, si no fuera por la paciencia que requiere contemplar y asimilar todo lo que entra por los ojos y quiere descubrir la mente.
La última de sus imágenes induce a pensar en una piel sedosa, suave, fina. A juego con la morfología de su cuerpo (aunque en una orientación clásica ese tipo de pieles suele asociarse a físicos voluptuosos, propios de perfumadas odaliscas sugerentes. Modas de otros tiempos, desde luego). Como decía, una dualidad muy actual de cuerpo-piel, que contrasta abiertamente con la dureza de las facciones de su rostro. Rasgos duros, delineados, firmes, casi violentos, enmarcados en el aura de fragilidad del cuerpo que los eleva.
Y claro, al amar el placer que procede de los contrastes y las paradojas aparentemente imposibles (entre otras cosas) no puedo dejar de escribirlo, aunque pueda quedar la oda a esta singularidad perdida en el vacío. Oda que con certeza no acaba en tan dual apariencia, pero eso, si llega, formará parte del resto de la historia.
El deseo del observador paciente y hasta ahora callado.