Es un rincón especial. Un oasis de calma dentro de una zona concurrida. Con sus zonas de sombra, reservadas, pese estar en alto y ser visible desde todo el parque. Los arboles, tupidos, y su propia forma, curva, crean un lugar desde donde se puede mirar sin ser visto.
Y no sólo mirar. Tiene además el encanto de, ahora que impera un tufo rancio estancado por doquier, de guardar la memoria de la última época de aire fresco que sopló por Madrid; hace tanto ya de eso que no me acuerdo bien.
Para mi tiene un significado especial. Fue el primer lugar donde propiné una azotaina al aire libre. A plena luz del día, en una deliciosa tarde de otoño. Siendo fiel a mi costumbre, cuando conocí el sitio apunté mentalmente los usos que podría darle, sin pensar en un acto concreto. Y aquella tarde, se unieron memoria y perversidad para dar forma a lo que luego resultó un momento iniciático único.
Es uno de esos espacios que preservo con mimo, para no manchar recuerdos y ni crear agravios entre ellos.
Hace dos tardes, un poco por azar, un poco por deseo, mis pasos me encaminaron a ese lugar. Esta vez iba sin compañía, mas no solo. Al otro lado del teléfono alguien aguardaba su premio. Un bien ganado premio. Había dejado el coche a la sombra, y esperaba dar cuenta de lo que aguardaba desde allí, pero al alzar la vista vi la los árboles circulares en lo alto, y el fogonazo iluminó todo mi rostro. Sí, que mejor lugar para desarrollar otro inicio.
Así que mientras subía, y ya puesta en jurisdicción y forma, allá en una habitación a escasos kilómetros de allí, le fui contando a donde me encaminaba y lo que ocurrió entonces. El efecto fue inmediato. Y se fue incrementando mientras desgranaba detalles del lugar y de la historia. Una vez apoyado sobre el mismo sitio que en otro tiempo se situaron unas manos crispadas, me dejé llevar por el ritmo del acto que revivía en mi recuerdo, y que servía de correa de transmisión de sensaciones nuevas. El jadeo me transmitió la urgencia y el ansia que emanaban al otro lado del teléfono, y en el momento adecuado, la palabra justa ordenó consumar el acto. Dos breves segundos bastaron, mas no fueron suficientes. Sí, el espíritu de esa atalaya se transmitía con intensa suavidad hasta el suelo de aquella habitación, donde la frente reposaba sobre frío gres, dispuesta aún a dar más.
Más hubo. Sin mucho esperar. Y pudo haber más, y más y más, pues siempre tiene más. Parece no haber un final. Pero esta tarde no era el momento. Aún no. Habrá otras tardes. Esta vez con compañia. En la atalaya, en la habitación o en cualquier lugar que se preste a la ocasión. Pues mundo lleno de posibilidades no debe reducirse a un escenario o dos. Y ya queda menos para que el verdadero comienzo tenga lugar.
Cada segundo, es uno menos, sí. Transcurren lenta e inexorablemente. Y comencé a saborear la cuenta atrás desde la aquel rincón secreto. Pues tamaño temperamento no merece un marco menor. Por supuesto que no.
jueves, 29 de agosto de 2013
Antibióticos
Realmente, ha hecho efecto.
La administración adecuada en el momento justo, ha proporcionado el alivio inmediato.
Los síntomas producidos por el abceso apuntaban a una recaída de la indiferencia y una vuelta a la tensión improductiva. No por esperado lo evité como debía.
Sin embargo, la dosis me permitió obviar las soplapoyeces saladas y el cinismo silente.
Definitivamente, la opción de ver pasar el cadaver ante la puerta se revela como la más acertada.
Aunque, pensándolo aún mejor ¿para que malgastar el tiempo?.
Teniendo tantas y tantas cosas mejores que hacer, ¿quién quiere ver carne muerta?
Eso sí, en caso de recaída, otra píldora. Y es que me sientan tan bien.
La administración adecuada en el momento justo, ha proporcionado el alivio inmediato.
Los síntomas producidos por el abceso apuntaban a una recaída de la indiferencia y una vuelta a la tensión improductiva. No por esperado lo evité como debía.
Sin embargo, la dosis me permitió obviar las soplapoyeces saladas y el cinismo silente.
Definitivamente, la opción de ver pasar el cadaver ante la puerta se revela como la más acertada.
Aunque, pensándolo aún mejor ¿para que malgastar el tiempo?.
Teniendo tantas y tantas cosas mejores que hacer, ¿quién quiere ver carne muerta?
Eso sí, en caso de recaída, otra píldora. Y es que me sientan tan bien.
miércoles, 28 de agosto de 2013
Torpe
Me siento torpe, sí.
No alcanzo a describir las sensaciones tan intensas que me da. Las reflejo a duras penas, uso retazos de nuestras charlas, pero veo que no alcanzan a transmitir la profundidad real de lo que está aconteciendo.
Supongo, espero, que esa percepción de torpeza sea parte del proceso de recuperación que estoy viviendo. Ciertamente, llegué a extremos tales que me ha sorprendido sentir como siento ahora de nuevo. Es más, no es sólo de nuevo, si no que hay lugar para algo nuevo. Evocadoramente nuevo, si se permite la licencia.
Algo está cambiando en mi. Lo noto con claridad. Sin embargo, es reconfortante reconocerme del modo que me lo hace sentir. Y que sea tan natural. Sí, sobre todo eso.
Ahora estoy mejor, mucho mejor. Es algo que me dicen por doquier. Y así lo siento. Al menos soy capaz de diseccionar con nitidez sensaciones pasadas que entroncan con algunas actuales. Quizá en lo referente al dominante, aún deba desembarazarme de cierta carga para poder escribir con naturalidad. Pero va saliendo, poco a poco. Nunca tres semanas dieron para tanto.
Porque sentir, lo siento. Está ahí, de nuevo. Ya asomó la cabeza, se ven los ojos por encima del muro, curioseando, observando. Y aunque han participado varias personas (a alguna incluso la he dañado involuntariamente) a las que debo gratitud y aprecio eterno, la mayor parte es labor de ella. O con ella.
Y así lo cuento. Aunque me quede algo torpe. Todavía.
No alcanzo a describir las sensaciones tan intensas que me da. Las reflejo a duras penas, uso retazos de nuestras charlas, pero veo que no alcanzan a transmitir la profundidad real de lo que está aconteciendo.
Supongo, espero, que esa percepción de torpeza sea parte del proceso de recuperación que estoy viviendo. Ciertamente, llegué a extremos tales que me ha sorprendido sentir como siento ahora de nuevo. Es más, no es sólo de nuevo, si no que hay lugar para algo nuevo. Evocadoramente nuevo, si se permite la licencia.
Algo está cambiando en mi. Lo noto con claridad. Sin embargo, es reconfortante reconocerme del modo que me lo hace sentir. Y que sea tan natural. Sí, sobre todo eso.
Ahora estoy mejor, mucho mejor. Es algo que me dicen por doquier. Y así lo siento. Al menos soy capaz de diseccionar con nitidez sensaciones pasadas que entroncan con algunas actuales. Quizá en lo referente al dominante, aún deba desembarazarme de cierta carga para poder escribir con naturalidad. Pero va saliendo, poco a poco. Nunca tres semanas dieron para tanto.
Porque sentir, lo siento. Está ahí, de nuevo. Ya asomó la cabeza, se ven los ojos por encima del muro, curioseando, observando. Y aunque han participado varias personas (a alguna incluso la he dañado involuntariamente) a las que debo gratitud y aprecio eterno, la mayor parte es labor de ella. O con ella.
Y así lo cuento. Aunque me quede algo torpe. Todavía.
Lo has hecho tuyo siendo mía.
Tiene un temperamento único.
Especial.
Tanto que he de retenerla. Siempre puede dar más.
Iba a poner que pide más, pero no, no lo pide.
Lo da.
Es una diferencia sutil. Muy sutil. Y ha aprendido a hacerlo en sólo cinco días.
Es asombroso, realmente. No sólo que lo aprenda, sino que haya dejado ese miedo atrás de un modo tan claro.
Da tanto con tanta intensidad que he de atemperarla .....sí, soy reticente a usar esa palabra que subyace, pero es por eso, sí.
También es dura, no se rompe fácilmente. Claro, que es que no debe romperse, en modo alguno.
El ritmo es deliberadamente lento ahora. No hay que correr.
y aún queda jugar con los olores
el tacto
la presencia
la cercanía
los tiempos
la mirada
el lenguaje del cuerpo
el dolor
los gestos
la humedad
...
casi todo
Despierta mi perversidad de un modo que casi tenía olvidado, y aún más. Y responde a ella sin hacer aparentemente nada.
Pero está,
admite,
responde,
juega,
provoca....
Menos mal que no hace nada. Claro que le sale tan fluido y natural que parece que no es nada. Todo es natural. La excitación, el deseo, las sensaciones, la mala leche, el arrepentimiento, la convicción...todo.
Sumisa, no sumisa....da exactamente igual. Es mía y mía se siente.. El resto está de más.
Es así porque yo le hago ser así.
Y yo le hago ser así porque me estimula para ello
Hay una realimentación real, positiva. Deliciosa.
Ese es el punto.
Y la esencia.
Y ahora la ve y la siente.
Da igual entenderlo o no.
Lo has hecho tuyo siendo mía. (Ahí queda eso...casi "ná")
Especial.
Tanto que he de retenerla. Siempre puede dar más.
Iba a poner que pide más, pero no, no lo pide.
Lo da.
Es una diferencia sutil. Muy sutil. Y ha aprendido a hacerlo en sólo cinco días.
Es asombroso, realmente. No sólo que lo aprenda, sino que haya dejado ese miedo atrás de un modo tan claro.
Da tanto con tanta intensidad que he de atemperarla .....sí, soy reticente a usar esa palabra que subyace, pero es por eso, sí.
También es dura, no se rompe fácilmente. Claro, que es que no debe romperse, en modo alguno.
El ritmo es deliberadamente lento ahora. No hay que correr.
y aún queda jugar con los olores
el tacto
la presencia
la cercanía
los tiempos
la mirada
el lenguaje del cuerpo
el dolor
los gestos
la humedad
...
casi todo
Despierta mi perversidad de un modo que casi tenía olvidado, y aún más. Y responde a ella sin hacer aparentemente nada.
Pero está,
admite,
responde,
juega,
provoca....
Menos mal que no hace nada. Claro que le sale tan fluido y natural que parece que no es nada. Todo es natural. La excitación, el deseo, las sensaciones, la mala leche, el arrepentimiento, la convicción...todo.
Sumisa, no sumisa....da exactamente igual. Es mía y mía se siente.. El resto está de más.
Es así porque yo le hago ser así.
Y yo le hago ser así porque me estimula para ello
Hay una realimentación real, positiva. Deliciosa.
Ese es el punto.
Y la esencia.
Y ahora la ve y la siente.
Da igual entenderlo o no.
Lo has hecho tuyo siendo mía. (Ahí queda eso...casi "ná")
martes, 27 de agosto de 2013
Señales
Se traspasa. Un cartel muy común, en estos días.
Lo he visto en breve tiempo en lugares que me son muy queridos, y que sé que no van a estar en su vuelta a la actividad a la misma altura que los originales.
Aunque hay otros que sin duda van a cambiar a mejor. En fin, es el estado del arte en estos momentos.
Uno de ellos me ha llamado hoy la atención. No pasaba por delante de la puerta desde hace un par de meses o tres. Es el restaurante japones en el cual tantas y tantas veces he estado jugando estos años atrás. Y comiendo, claro. La verdad es que en cierto modo su deterioro fue paralelo al de las escenas que allí tenían lugar. Aunque no creo en el destino ni en las señales, al ver hoy el cartel con su nuevo nombre he sentido una especie de alivio. No sé por qué. Durante los días de transición que se han sucedido en estas semanas pasadas con un vértigo incontenible, este lugar apareció varias veces, de un modo a veces insospechado. A lo mejor es que el jengibre tienes más seguidores de lo que parece.
Probablemente aún mantenga ese rincón tan apropiado para jugar, aun que algo me dice, vista la imagen que arroja ahora, que no será igual. Quizá entre algún día a verificarlo. Puede que sea un buen modo de eliminar ciertas impurezas que aún permanecen. Lo que es indudable es que hoy, al verlo, lo sentí como una estupenda metáfora de la nada que realmente se enseñorea donde pareció haberlo todo. Aunque no creo en las señales, claro.
Lo he visto en breve tiempo en lugares que me son muy queridos, y que sé que no van a estar en su vuelta a la actividad a la misma altura que los originales.
Aunque hay otros que sin duda van a cambiar a mejor. En fin, es el estado del arte en estos momentos.
Uno de ellos me ha llamado hoy la atención. No pasaba por delante de la puerta desde hace un par de meses o tres. Es el restaurante japones en el cual tantas y tantas veces he estado jugando estos años atrás. Y comiendo, claro. La verdad es que en cierto modo su deterioro fue paralelo al de las escenas que allí tenían lugar. Aunque no creo en el destino ni en las señales, al ver hoy el cartel con su nuevo nombre he sentido una especie de alivio. No sé por qué. Durante los días de transición que se han sucedido en estas semanas pasadas con un vértigo incontenible, este lugar apareció varias veces, de un modo a veces insospechado. A lo mejor es que el jengibre tienes más seguidores de lo que parece.
Probablemente aún mantenga ese rincón tan apropiado para jugar, aun que algo me dice, vista la imagen que arroja ahora, que no será igual. Quizá entre algún día a verificarlo. Puede que sea un buen modo de eliminar ciertas impurezas que aún permanecen. Lo que es indudable es que hoy, al verlo, lo sentí como una estupenda metáfora de la nada que realmente se enseñorea donde pareció haberlo todo. Aunque no creo en las señales, claro.
lunes, 26 de agosto de 2013
Principios
Un paseo sirvió de detonante. Un simple paseo. Puede que estuviera predispuesto desde antes de empezar a caminar. Aparqué, por casualidad, delante de un bar que tiene un nombre en mi cabeza, lugar que me trae gratos recuerdos. Por supuesto, ya no se llama así, y será difícil que nadie recuerde ese nombre, pero el lugar sigue siendo parecido, aunque le falta el encanto de entonces.
Cuando lo conocí, estaba al principio de formar otro yo. Se estaba gestando algo que luego distó mucho de ser un periodo que pueda recordar con cariño, pero las cosas son como ocurren, y no como nos hubieran gustado que sucedieran. Y por otro lado, el valor de la experiencia está en como se toma.
Volví a caminar ¡tantos y tantos años después! por aquellas calles en una noche de verano de agosto. Ya habían acabado las fiestas, pero yo seguía viendo el bullicio, las luces, el aroma, el polvo (aún no se había extendido la moda de pavimentar cada metro cuadrado de una localidad) y la excitación y el calor de las gentes entregadas a disfrutar.
Pasé tras la plaza, por los arcos, las calles, los bares, los rincones apartados....todos aquellos lugares que yo pensaba olvidados y aún están frescos, soprendemente frescos en mi memoria. Cada uno me traía un soplo cautivo y eterno; aquí un chiste, allí unas risas, acá una lágrima, allá un beso, confidencias perdidas y por todas partes camaradería, libertad y juego. Mirando atrás, creo que aquella vez fue la última vez que me sentí absolutamente libre, sin ninguna obligación hacia nada ni nadie.
Busqué el bar donde íbamos invariablemente a comenzar la noche. Un lugar de tapeo y cañas. Apretado y con sabor. Nos situabamos en una esquina, cerca de la plancha, e ibamos pidiendo y riendo. Al llegar a la puerta, me despistó, era mucho más grande. Pero al asomarme, vi aquella plancha y me envolvió el aroma, que era el mismo, a pesar de la reforma que lo ha puesto al día con los gustos de hoy. Pero mantiene la esencia. Y como pude comprobar después, una de las mejores planchas de la sierra.
A la espalda estaba la plaza de toros (ya no) donde toreé aquella vaquilla sin saberlo (me lo contaron después, y es una suerte que ahora pueda plasmarlo) y luego di diez vueltas al ruedo que a mi me pareció media.
Y un poco más abajo la urbanización donde vivían aquellos ojos azules y labios carnosos, tan gustosos. La primera rotura de principios de la que soy consciente. Ahora sé que pasó entonces, y ahora soy capaz de manejar situaciones como aquella. Entonces, no, no sabía. Ni comprendía. Y he tardado mucho en hacerlo. En aquellos días no supe que ella traicionó los principios de el mundo que conocía por que yo se lo pedía. Y no supe apreciarlo. Seguramente habría traspasado ese umbral con otra persona, tarde o temprano. El carácter es así, y no se puede sujetar con corsés falsos. Pero lo hizo conmigo. Su amiga me explicaba como se sentía, y yo no lo veía. Dejé que cosas pequeñas evitaran que disfrutara de algo grande. Eso marcó esa etapa durante unos años. Aunque obtuve otras cosas, claro. Ahora recuerdo aquellas explicaciones, y las comparo con las sensaciones que se plasman en escritos, palabras, sonidos y gestos. Y son como aquellos.
Saltando por encima de los principios. Que también es un comienzo. Un delicioso y eterno comienzo.
Cuando lo conocí, estaba al principio de formar otro yo. Se estaba gestando algo que luego distó mucho de ser un periodo que pueda recordar con cariño, pero las cosas son como ocurren, y no como nos hubieran gustado que sucedieran. Y por otro lado, el valor de la experiencia está en como se toma.
Volví a caminar ¡tantos y tantos años después! por aquellas calles en una noche de verano de agosto. Ya habían acabado las fiestas, pero yo seguía viendo el bullicio, las luces, el aroma, el polvo (aún no se había extendido la moda de pavimentar cada metro cuadrado de una localidad) y la excitación y el calor de las gentes entregadas a disfrutar.
Pasé tras la plaza, por los arcos, las calles, los bares, los rincones apartados....todos aquellos lugares que yo pensaba olvidados y aún están frescos, soprendemente frescos en mi memoria. Cada uno me traía un soplo cautivo y eterno; aquí un chiste, allí unas risas, acá una lágrima, allá un beso, confidencias perdidas y por todas partes camaradería, libertad y juego. Mirando atrás, creo que aquella vez fue la última vez que me sentí absolutamente libre, sin ninguna obligación hacia nada ni nadie.
Busqué el bar donde íbamos invariablemente a comenzar la noche. Un lugar de tapeo y cañas. Apretado y con sabor. Nos situabamos en una esquina, cerca de la plancha, e ibamos pidiendo y riendo. Al llegar a la puerta, me despistó, era mucho más grande. Pero al asomarme, vi aquella plancha y me envolvió el aroma, que era el mismo, a pesar de la reforma que lo ha puesto al día con los gustos de hoy. Pero mantiene la esencia. Y como pude comprobar después, una de las mejores planchas de la sierra.
A la espalda estaba la plaza de toros (ya no) donde toreé aquella vaquilla sin saberlo (me lo contaron después, y es una suerte que ahora pueda plasmarlo) y luego di diez vueltas al ruedo que a mi me pareció media.
Y un poco más abajo la urbanización donde vivían aquellos ojos azules y labios carnosos, tan gustosos. La primera rotura de principios de la que soy consciente. Ahora sé que pasó entonces, y ahora soy capaz de manejar situaciones como aquella. Entonces, no, no sabía. Ni comprendía. Y he tardado mucho en hacerlo. En aquellos días no supe que ella traicionó los principios de el mundo que conocía por que yo se lo pedía. Y no supe apreciarlo. Seguramente habría traspasado ese umbral con otra persona, tarde o temprano. El carácter es así, y no se puede sujetar con corsés falsos. Pero lo hizo conmigo. Su amiga me explicaba como se sentía, y yo no lo veía. Dejé que cosas pequeñas evitaran que disfrutara de algo grande. Eso marcó esa etapa durante unos años. Aunque obtuve otras cosas, claro. Ahora recuerdo aquellas explicaciones, y las comparo con las sensaciones que se plasman en escritos, palabras, sonidos y gestos. Y son como aquellos.
Saltando por encima de los principios. Que también es un comienzo. Un delicioso y eterno comienzo.
domingo, 25 de agosto de 2013
Una simple cuestión de posesión
Desde luego, cuando lo complejo resulta sencillo,
cuando lo increible parece natural,
cuando lo extraordinario se asoma a lo cotidiano,
cuando lo imposible sucede una y otra vez,
y ya nada parece extraño
Seguro que se trata de una simple cuestión de posesión.
"Your looks and my language, this could be the perfect touch"
Simplemente perfecto. Naturalmente
cuando lo increible parece natural,
cuando lo extraordinario se asoma a lo cotidiano,
cuando lo imposible sucede una y otra vez,
y ya nada parece extraño
Seguro que se trata de una simple cuestión de posesión.
"Your looks and my language, this could be the perfect touch"
Simplemente perfecto. Naturalmente
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