Lleno de curvas. Y abierto a cualquier proposición.
Curvas se llevan bien con cuerdas y palas. Ya sé que resulta trivial, pero quise ceder al primer impulso.
Me gusta poseer, sin embargo hay algo en ti tan lúbrico, tan carnal,
que me invita a recorrer tu cuerpo despacio, con la punta de los dedos,
reconocerlo milímetro a milímetro, con calma, en una especie de disección
sensitiva.
Y una vez conozca como reacciona cada rincón de tu piel y como se
trasluce eso en tu mirada, comenzar a poseerte, a penetrar en tu
interior, buscando en tus miedos y tus deseos, revolviéndolos juntos con la
humedad y el calor que a esas alturas serán inevitables invitados.
Una posesión de fuera hacia adentro. Sí.
Aunque suene trivial
domingo, 21 de agosto de 2016
viernes, 19 de agosto de 2016
¡Como me va a poner!
"Tus susurros me han dejado muy caliente"
Hace unos meses que me dio la buena noticia. Algo que ha esperado mucho tiempo, y que al pensar en ello me hace compartir la alegría que envuelve su vida. Es tan agradable sentir como se contagian, aunque sólo sea por un instante, los momentos de dicha.
Hace también años que nos conocemos. No todo fueron rosas para ella. Y al principio chocamos tanto. Sin embargo, siempre ha habido una complicidad especial. Bastan dos palabras para que una conversación corriente se convierta en una intercambio de susurros a media voz y excitación creciente.
"Pues a mí me ha puesto que te pongas, chica mala"
Desde luego que me pone. Es algo mutuo, y se da con tanta facilidad. Me cuenta como se siente por el embarazo, sus miedos, los cambios que va sientiendo, como la cuidan y se deja cuidar al tiempo que me muestra en una foto tersa y morena ("Uhhm, que barriguita tan deliciosa. Y sí ya veo que has subido de talla"). Inevitablemente, la conversación acaba con la voz baja que tan familiar es para los dos
"Me voy a duchar. ¿Cómo te pone eso? Sí, muy muy mala"
A pesar de que no todos los cambios de su cuerpo le gustan, hay uno que a mí me encanta. Pensar en su hermoso pecho aún más lleno, y los pezones deliciosos siempre marcados y sensibles ("Están todo el día sensibles" me dijo) acariciados por el agua caliente, dibujando la aureolas aún más oscuras, resbalando por su plenitud carnal creciente, plena hasta que se deslizan por su vientre, esa incipiente y preciosa barriguita y sigue su camino entre los pliegues de su sexo, también ya más sensitivo y probablemente húmedo desde antes de abrir el grifo.....¡cómo me va a poner!
"Pues saber como notas el agua besando las aureolas cada vez más oscuros y sensibles....me pone, pequeño zorrón, me pone"
Pues sí, así me pone. Y que dure.
Hace unos meses que me dio la buena noticia. Algo que ha esperado mucho tiempo, y que al pensar en ello me hace compartir la alegría que envuelve su vida. Es tan agradable sentir como se contagian, aunque sólo sea por un instante, los momentos de dicha.
Hace también años que nos conocemos. No todo fueron rosas para ella. Y al principio chocamos tanto. Sin embargo, siempre ha habido una complicidad especial. Bastan dos palabras para que una conversación corriente se convierta en una intercambio de susurros a media voz y excitación creciente.
"Pues a mí me ha puesto que te pongas, chica mala"
Desde luego que me pone. Es algo mutuo, y se da con tanta facilidad. Me cuenta como se siente por el embarazo, sus miedos, los cambios que va sientiendo, como la cuidan y se deja cuidar al tiempo que me muestra en una foto tersa y morena ("Uhhm, que barriguita tan deliciosa. Y sí ya veo que has subido de talla"). Inevitablemente, la conversación acaba con la voz baja que tan familiar es para los dos
"Me voy a duchar. ¿Cómo te pone eso? Sí, muy muy mala"
A pesar de que no todos los cambios de su cuerpo le gustan, hay uno que a mí me encanta. Pensar en su hermoso pecho aún más lleno, y los pezones deliciosos siempre marcados y sensibles ("Están todo el día sensibles" me dijo) acariciados por el agua caliente, dibujando la aureolas aún más oscuras, resbalando por su plenitud carnal creciente, plena hasta que se deslizan por su vientre, esa incipiente y preciosa barriguita y sigue su camino entre los pliegues de su sexo, también ya más sensitivo y probablemente húmedo desde antes de abrir el grifo.....¡cómo me va a poner!
"Pues saber como notas el agua besando las aureolas cada vez más oscuros y sensibles....me pone, pequeño zorrón, me pone"
Pues sí, así me pone. Y que dure.
martes, 16 de agosto de 2016
Sobre esa mesa
El lugar es relativamente reservado. La mesa en una esquina, a salvo de miradas indiscretas, dominando el local, da la necesaria privacidad. El día es caluroso, denso y pausado más allá de las cristaleras, y no hay un alma por la calle. Dentro, en una penumbra cómplice, el ambiente es relajado, fresco, y tranquilo por el momento. Y en apariencia no va a dejar de ser así. Ante mí la mesa de madera, sencilla, tiene una aspecto absolutamente corriente, muy alejado del papel de ara primigenia que en mi mente va tomando forma. Pues ahí, sobre la esa mesa, se ha de poner en breve la ofrenda que va a dar sentido a nuestro particular ritual.
Porque sí, algo de rito tiene el modo en el que se ha ido conformando el encuentro, desde las primeras letras y elogios mutuos, hasta alcanzar el punto de crear una particular ceremonia del deseo. Y es que de eso se trata, de poner fantasía, complicidad y deseo, todo junto sobre la mesa y volcarlos sobre la piel.
Veo una figura que ser recorta al trasluz bajo el dintel de la puerta, y unos ojos que tratando de acostumbrarse a la luz del lugar me buscan. Dejo que averigüe donde estoy, y no tarda más de diez segundos en hacerlo. Se acerca sonriente y con paso seguro se pone a mi lado mientras saluda con la mirada, sin decir nada. Viene vestida como en aquella foto que me mandó, lista para trabajar. Con un toque de provocación sin perder la elegancia. Veo que se fija en la vela y pierde algo de la seguridad que trae, a la vez que la sonrisa se hace más evidente. Y es que la vela está sobre la mesa, como cabía esperar.
La invito a sentarse a mi lado, con una indicación clara; debe hacerlo sobre el borde de la silla para quitarse la ropa interior que lleva y después abrir bien las piernas. Es algo que espera, pues sus ojos no parecen traslucir sorpresa, o no dejan que la vea. Una vez se saca la prenda le digo que la doble y la ponga encima de la mesa, como si fuera una servilleta, y llamo al camarero. Mientras se acerca, le indico que se ponga de pie con las piernas abiertas, tome el encendedor que le ofrezco y comience a encender la vela mientras nos toman nota de lo que vamos a pedir. Su falda cae por debajo del borde de la mesa, lo que me permite meter la mano entre sus muslos y jugar con los pliegues calientes y húmedos que poco a poco se van mojando más y más. Trata, ahora nerviosamente, de encender la vela, mientras nos preguntan que vamos a tomar. No sabe a dónde atender, si a lo que parece la rueda infernal del mechero que no puede girar, a la mirada discreta del camarero sobre sus bragas dobladas sobre la mesa, a la pregunta de que desea tomar (su deseo ahora está tan alejado de lo que ese hombre con la libreta en la mano le puede traer) o a la mano que no para de jugar con su sexo y hace que su excitación crezca exponecialmente entre la caricia y la situación.
"Traíganos dos refrescos de limón. Muy fríos, con mucho hielo, por favor"
Agradece internamente no tener que hablar, y acierta a encender la vela mientras saco la mano de entre sus piernas y acaricio suavemente su mejilla mientras se sienta. Nota mis dedos viscosos y su propio olor, tan cerca, y mira fijamente a la llama, pensando que será lo siguiente.
"Luego vamos a ir a un restaurante que hay aquí cerca. He traido estos cubiertos para usarlos y que luego te los lleves de recuerdo" le digo mientras dejo una cajita con unos palillos chinos lacados a la vez que su boca busca mis dedos.
"Pero antes, hemos de acabar los refrescos." Y es que sobre la mesa descansa, entre los palillos, la vela y las bragas, un vaso lleno de hielo. Desde luego, no hay mesa como aquella, tan dispuesta para la ofrenda del deseo. Ni probablemente la vuelva a haber. O sí, quién sabe ¿verdad?
Porque sí, algo de rito tiene el modo en el que se ha ido conformando el encuentro, desde las primeras letras y elogios mutuos, hasta alcanzar el punto de crear una particular ceremonia del deseo. Y es que de eso se trata, de poner fantasía, complicidad y deseo, todo junto sobre la mesa y volcarlos sobre la piel.
Veo una figura que ser recorta al trasluz bajo el dintel de la puerta, y unos ojos que tratando de acostumbrarse a la luz del lugar me buscan. Dejo que averigüe donde estoy, y no tarda más de diez segundos en hacerlo. Se acerca sonriente y con paso seguro se pone a mi lado mientras saluda con la mirada, sin decir nada. Viene vestida como en aquella foto que me mandó, lista para trabajar. Con un toque de provocación sin perder la elegancia. Veo que se fija en la vela y pierde algo de la seguridad que trae, a la vez que la sonrisa se hace más evidente. Y es que la vela está sobre la mesa, como cabía esperar.
La invito a sentarse a mi lado, con una indicación clara; debe hacerlo sobre el borde de la silla para quitarse la ropa interior que lleva y después abrir bien las piernas. Es algo que espera, pues sus ojos no parecen traslucir sorpresa, o no dejan que la vea. Una vez se saca la prenda le digo que la doble y la ponga encima de la mesa, como si fuera una servilleta, y llamo al camarero. Mientras se acerca, le indico que se ponga de pie con las piernas abiertas, tome el encendedor que le ofrezco y comience a encender la vela mientras nos toman nota de lo que vamos a pedir. Su falda cae por debajo del borde de la mesa, lo que me permite meter la mano entre sus muslos y jugar con los pliegues calientes y húmedos que poco a poco se van mojando más y más. Trata, ahora nerviosamente, de encender la vela, mientras nos preguntan que vamos a tomar. No sabe a dónde atender, si a lo que parece la rueda infernal del mechero que no puede girar, a la mirada discreta del camarero sobre sus bragas dobladas sobre la mesa, a la pregunta de que desea tomar (su deseo ahora está tan alejado de lo que ese hombre con la libreta en la mano le puede traer) o a la mano que no para de jugar con su sexo y hace que su excitación crezca exponecialmente entre la caricia y la situación.
"Traíganos dos refrescos de limón. Muy fríos, con mucho hielo, por favor"
Agradece internamente no tener que hablar, y acierta a encender la vela mientras saco la mano de entre sus piernas y acaricio suavemente su mejilla mientras se sienta. Nota mis dedos viscosos y su propio olor, tan cerca, y mira fijamente a la llama, pensando que será lo siguiente.
"Luego vamos a ir a un restaurante que hay aquí cerca. He traido estos cubiertos para usarlos y que luego te los lleves de recuerdo" le digo mientras dejo una cajita con unos palillos chinos lacados a la vez que su boca busca mis dedos.
"Pero antes, hemos de acabar los refrescos." Y es que sobre la mesa descansa, entre los palillos, la vela y las bragas, un vaso lleno de hielo. Desde luego, no hay mesa como aquella, tan dispuesta para la ofrenda del deseo. Ni probablemente la vuelva a haber. O sí, quién sabe ¿verdad?
martes, 12 de julio de 2016
Al final no era verdad
Le escribo a alguien
"Refinamiento por un lado. Dolor por otro.
Lo elaborado frente a lo primario.
Me gusta el estilo. Lo demando. Y sin embargo detesto aquello que suple la naturalidad con lo complejo. Aunque sea para crear un momento.
Mas me agrada tanto crear momentos desde la fluidez.
Pareces diferente. Además, no te cortas al proclamarlo, aunque sea implícitamente. Tras esa exquisitez late descarnadamente lo primario.
Quizá sea el dolor, sí.
Quiero ....."
Bueno, lo que quiero no es relevante. Y me responde :
"Me encanta lo que me has escrito.... La gente se fija en las fotos sin más ...."
Vaya (pensé), alguien que además de estilo, ve más allá.
Y no era verdad.
"Refinamiento por un lado. Dolor por otro.
Lo elaborado frente a lo primario.
Me gusta el estilo. Lo demando. Y sin embargo detesto aquello que suple la naturalidad con lo complejo. Aunque sea para crear un momento.
Mas me agrada tanto crear momentos desde la fluidez.
Pareces diferente. Además, no te cortas al proclamarlo, aunque sea implícitamente. Tras esa exquisitez late descarnadamente lo primario.
Quizá sea el dolor, sí.
Quiero ....."
Bueno, lo que quiero no es relevante. Y me responde :
"Me encanta lo que me has escrito.... La gente se fija en las fotos sin más ...."
Vaya (pensé), alguien que además de estilo, ve más allá.
Y no era verdad.
domingo, 10 de julio de 2016
Pureza entre extremos
Veo en una esquina las formas, enmarcadas en blanco y negro. El pelo
recogido, siguiendo la continuidad de las curvas, tan fluídas que
recuerdan a las reglas de dibujo de formas tan extrañas que usaba en el
colegio. El ambiente es denso, tormentoso, fresco y mientras suena la
melodía desgarrada y torrencial de fondo, se compone un cuadro
diferente, extremo, dentro de la aparente normalidad.
Las nubes cargadas, oscuras, enredadas con el sonido tórrido, las formas voluptuosas y serenas, el aire revuelto y fresco, generan una amalgama con una química especial. Una química que nadie a mi alrededor parece observar, absortos y concentrados en salir los primeros del semáforo, del metro, en la parada del autobús, en el quiosco o en el bar. La absurda competencia de la ciudad por no perder un segundo choca con ese océano de calmas intensas que confluyen a través de mi mirada.
Girl in black, tortuosa, visceral, al ritmo de una mañana con color otoñal, me trae un reflejo de desespero vagando el ocaso por las calles de París como una alegoría mía, al tiempo que el frescor del aire del Retiro hoy no trae el acostumbrado sabor dulzón de las mañanas calurosas, aplacando en parte la sensación de esa inevitable descomposición que el paso de cada día modula imperceptiblemente, al tiempo que se esbozan los estragos que desembocan en una figura ya casi ce patriarca varado. Por delante de mí pasa una mujer imponente, espléndida, a la que la falta de estilo con ese inapropiado vestido de veinteañera le hace mostrar de un modo más acusado las diferencias entre lo que fue y aún infantilmente pretende ser.
Suspiro, aliviado, de saber que mi decadencia no está subrayada por la negación de querer ser lo que fui. Aunque en esencia, en pura esencia entre extremos, el brillo de la mirada a veces me diga que sí.
Las nubes cargadas, oscuras, enredadas con el sonido tórrido, las formas voluptuosas y serenas, el aire revuelto y fresco, generan una amalgama con una química especial. Una química que nadie a mi alrededor parece observar, absortos y concentrados en salir los primeros del semáforo, del metro, en la parada del autobús, en el quiosco o en el bar. La absurda competencia de la ciudad por no perder un segundo choca con ese océano de calmas intensas que confluyen a través de mi mirada.
Girl in black, tortuosa, visceral, al ritmo de una mañana con color otoñal, me trae un reflejo de desespero vagando el ocaso por las calles de París como una alegoría mía, al tiempo que el frescor del aire del Retiro hoy no trae el acostumbrado sabor dulzón de las mañanas calurosas, aplacando en parte la sensación de esa inevitable descomposición que el paso de cada día modula imperceptiblemente, al tiempo que se esbozan los estragos que desembocan en una figura ya casi ce patriarca varado. Por delante de mí pasa una mujer imponente, espléndida, a la que la falta de estilo con ese inapropiado vestido de veinteañera le hace mostrar de un modo más acusado las diferencias entre lo que fue y aún infantilmente pretende ser.
Suspiro, aliviado, de saber que mi decadencia no está subrayada por la negación de querer ser lo que fui. Aunque en esencia, en pura esencia entre extremos, el brillo de la mirada a veces me diga que sí.
jueves, 7 de julio de 2016
Pureza entre extremos
Veo en una esquina las formas, enmarcadas en blanco y negro. El pelo recogido, siguiendo la continuidad de las curvas, tan fluídas que recuerdan a las reglas de dibujo de formas tan extrañas que usaba en el colegio. El ambiente es denso, tormentoso, fresco y mientras suena la melodía desgarrada y torrencial de fondo, se compone un cuadro diferente, extremo, dentro de la aparente normalidad.
Las nubes cargadas, oscuras, enredadas con el sonido tórrido, las formas voluptuosas y serenas, el aire revuelto y fresco, generan una amalgama con una química especial. Una química que nadie a mi alrededor parece observar, absortos y concentrados en salir los primeros del semáforo, del metro, en la parada del autobús, en el quiosco o en el bar. La absurda competencia de la ciudad por no perder un segundo choca con ese océano de calmas intensas que confluyen a través de mi mirada.
Girl in black, tortuosa, visceral, al ritmo de una mañana con color otoñal, me trae un reflejo de desespero vagando el ocaso por las calles de París como una alegoría mía, al tiempo que el frescor del aire del Retiro hoy no trae el acostumbrado sabor dulzón de las mañanas calurosas, aplacando en parte la sensación de esa inevitable descomposición que el paso de cada día modula imperceptiblemente, al tiempo que se esbozan los estragos que desembocan en una figura ya casi ce patriarca varado. Por delante de mí pasa una mujer imponente, espléndida, a la que la falta de estilo con ese inapropiado vestido de veinteañera le hace mostrar de un modo más acusado las diferencias entre lo que fue y aún infantilmente pretende ser.
Suspiro, aliviado, de saber que mi decadencia no está subrayada por la negación de querer ser lo que fui. Aunque en esencia, en pura esencia entre extremos, el brillo de la mirada a veces me diga que sí.
Las nubes cargadas, oscuras, enredadas con el sonido tórrido, las formas voluptuosas y serenas, el aire revuelto y fresco, generan una amalgama con una química especial. Una química que nadie a mi alrededor parece observar, absortos y concentrados en salir los primeros del semáforo, del metro, en la parada del autobús, en el quiosco o en el bar. La absurda competencia de la ciudad por no perder un segundo choca con ese océano de calmas intensas que confluyen a través de mi mirada.
Girl in black, tortuosa, visceral, al ritmo de una mañana con color otoñal, me trae un reflejo de desespero vagando el ocaso por las calles de París como una alegoría mía, al tiempo que el frescor del aire del Retiro hoy no trae el acostumbrado sabor dulzón de las mañanas calurosas, aplacando en parte la sensación de esa inevitable descomposición que el paso de cada día modula imperceptiblemente, al tiempo que se esbozan los estragos que desembocan en una figura ya casi ce patriarca varado. Por delante de mí pasa una mujer imponente, espléndida, a la que la falta de estilo con ese inapropiado vestido de veinteañera le hace mostrar de un modo más acusado las diferencias entre lo que fue y aún infantilmente pretende ser.
Suspiro, aliviado, de saber que mi decadencia no está subrayada por la negación de querer ser lo que fui. Aunque en esencia, en pura esencia entre extremos, el brillo de la mirada a veces me diga que sí.
jueves, 30 de junio de 2016
Caídas
Cedo al deseo,
permito que lo incorrecto me tiente,
a veces no hago nada para no hacer lo que no debo,
cometo locuras remediables, por el momento.
Me dejo llevar, me justifico,
estoy perfectamente excusado por mi lado cínico,
El encanto me puede, el estilo me estimula,
la perversidad me excita, el calor me pone...
Caigo, una y otra vez, deshonestos con los principios de mi yo visible y absurdamente fiel al yo intenso.
Y es que me dibujaron así .
Ahora, toma el pincel y pon tu trazo.
permito que lo incorrecto me tiente,
a veces no hago nada para no hacer lo que no debo,
cometo locuras remediables, por el momento.
Me dejo llevar, me justifico,
estoy perfectamente excusado por mi lado cínico,
El encanto me puede, el estilo me estimula,
la perversidad me excita, el calor me pone...
Caigo, una y otra vez, deshonestos con los principios de mi yo visible y absurdamente fiel al yo intenso.
Y es que me dibujaron así .
Ahora, toma el pincel y pon tu trazo.
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