Y es cada vez peor.
Leo a una criatura a medio hacer (que ya no cumple 40, manda huevos)
lloriquear porque la han tratado mal. Maltrato, dice. Aunque lo que se
deduce de su diatriba es que no se salió con la suya por no saber donde
se metía.
Encima tiene los santos cojones de lanzar un titular artero,
amarillo, mezclando dominación y maltrato. Para no echar gota, vamos.
Pero lo peor no es eso. Lo peor es la piara de cretinos que aplauden
ese escrito como si fuera una obra fundacional de la psicología moderna.
Y lo que más me entristece es ver a algunos, de los cuales me consta
tienen mente sensata, juicio sereno y espíritu equlibrado, caer en la
bajeza de hacer el caldo gordo a la corte de linchadores de la moral
pública, en vez de mandar a la escribiente y los memos que juzgan desde
la emoción a tomar literalmente por el culo.
Si los buenos y los justos caen bajo el manto de la ignominia, estos
son, decididamente, muy malos tiempos. Y mala corrección tendrán.