Tanto
deseo de normalización, consciente o inconsciente, definitivamente, ha
hecho perder el foco. Y da lugar a conductas difícilmente asimilables en
un lugar de encuentro calificado a sí mismo como kinkster, o de
pervertidos, por usar una acepción clásica en español.
De
este modo, se ha convertido en algo relativamente común que los
detalles de una conversación privada con propuestas o en la que se
manifiestan deseos ciertamente extraños, sea hecha pública, las más de
las veces, con ánimo jocoso e indisimuladamente prepotente, con aroma a
auto de fe.
Es
un error. Un lamentable error. Cuando a alguien, por la causa que sea,
le es ofrecida una fantasía o incluso lo que pueda parecer una
aberración, de un modo privado, no tiene derecho a convertirla en mofa
de mentidero, por muy disparatada que pueda resultar. Porque se da en el
ámbito que se da. Si por lo que sea, el receptor la considera
inapropiada, basta con hacérselo saber al remitente, y si éste no
respeta que su confidencia no se aprecie o que se decline su oferta (por
decirlo de algún modo), úsense los canales que ofrece la página, y si
se percibe riesgo, comisarías y juzgados.
Pero
hacer, insisto, en este ámbito, de una perversión confesada, objeto de
chanza general, me parece una bajeza inaceptable. Por mucho que se pueda
estimar que es una ironía fuera de tono, una broma, un desafío o una
tomadura de pelo, y aunque así lo fuera. Confesar una fantasía íntima,
un deseo imposible, una aberración onírica, no es fácil, y suele
requerir apreciar un mínimo de mirada cómplice. Hacer de ello una gracia
de conventillo para que los paladines de la estupidez vuelquen su
pretendido humor insufrible a modo de picota moral pretendidamente
ingeniosa es de lo más bajo que se puede caer. Y desgraciadamente,
parece que se ha convertido ya en norma del lugar.
Como
me dijo una buena amiga hace ya muchos años, en verdad somos muy pocos,
y los buenos están ya cogidos. Va ser eso, y sigue teniendo razón, sí.