O de cómo el carácter desbordado se defiende a la vez que reconoce su incapacidad.
Lo encuentro más propio de la cobardía ladina e impotente que muestra de ingenio y personalidad.
Pues los caracteres firmes y templados no necesitan de la ironía pretenciosa para hacer valer su condición y autoridad. Son seguros en los acierto y errores, sin necesidad de esconderse.
Pero es lógico que abunde en un tiempo en el que nadie reconoce realmente equivocarse (No cuentan en esto los actos de contricción públicos de elementos anónimos, que más allá de la autopromoción carecen de todo valor).
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