Nos conocemos hace años. Bastantes. Apenas hay espacio para sorpresas ya. Desde hace tiempo, está enganchada a mí. No sé exactamente por qué. Es mentirosa, manipuladora, atorrante, incansable, persistente, calientapollas. Está buena, tiene un buen cuerpo, y sabe usarlo para salirse con la suya. Vamos, una joya.
Pero como decía, no sé por qué extraña razón, se ha enganchado a mí. Descubrió de mi mano un placer explosivo, intenso, infinito, en el que pierde toda noción y medida. Va acompañado de una humillación profunda, un menoscabo y degradación que fuera de contexto serían delito, y un desprecio manifiesto y patente por lo que es y hay en ella.
Y no puede irse. Puntualmente, viene a buscar su ración. Aparece con dignidad, tratando de alcanzar una posición y respeto que ya desde la primera palabra no se cree. Es consciente de lo puta arrastrada que es, y de cómo paso a paso va a dejar todas sus pretensiones de que la considere y aprecie a un lado conforme su excitación crece. Lo que no suele llevarle más de diez minutos. En ese tiempo, cambia su respiración, cede en su defensa y se abre en canal, a la vez que encharca su ropa interior.
Quiere ser libre. Y nadie le cierra la puerta, ni asegura sus grilletes. Nadie salvo el impulso lascivo e inevitable de puta recalcitrante que no puede vivir sin su periódica ración de humillación placentera.
Quizá algún día entienda en qué consiste realmente esa libertad que cree anhelar.