Como todos los años por estas fechas, me regalan varios libros. Uno de ellos ha resultado ser una grata e impactante sorpresa. Lo escribe un tipo de esos que tienen el epatar impreso en su ADN. No deja de soltar coces por doquier a todo lo que se mueve. Vomita pensamientos y puntos de vista inesperados sin cesar, sin previo aviso, entre las líneas de la breve historia que cuenta.
Naturalmente, no es para tomarlo en serio; la provocación por sistema, aunque sea inteligente, busca el golpe de efecto, la agitación, la tensión, el foco, la mirada. Pero ese torrente de frescor a veces insufrible trae envueltas ideas que son dignas de ese nombre, y que merecen al menos un tiempo de consideración.
Entre muchos temas, de todo tipo y condición del mundo actual, trata el de la mercatilización del sexo, como se imbrica en las distintas sociedades (no sólo en la occidental) y las relaciones que se establecen entre ellas. Hay un apartado sobre el sadomasoquismo, que no queda muy bien parado, al que viene a definir como un entretenimiento de seres aburridos incapaces de obtener placer con naturalidad. Más o menos.
No sé cómo se ha documentado, o la experiencia que tiene sobre ello. Aunque las disquisiciones que ofrece sobre dolor, placer, sexo, deseo y conducta del individuo en su interrelación social no son desdeñables. Me ha hecho pensar sobre parte de los axiomas que he ido estableciendo a lo largos de estos últimos años. Y la consecuencia es que quizá alguno de ellos no es tan irrefutable como pensaba.
Acabaré pronto el libro. La resaca me va a durar bastante más. Pero creo que me gusta mirar desde el nuevo punto de vista que he encontrado. Otra cosa será que decida hacer algo más que observarlo. El tiempo dirá.
Pero, naturalmente, es cosa de algunas aguas.