Hace ya tiempo que el escepticismo gana terreno en mí manera de ser. No es especialmente grave aún, pues de siempre tuve la suerte de no necesitar muchas referencias para analizar y asimilar lo que observo, y creo que aún mantengo razonablemente esa capacidad. Pero indudablemente, esa desafección condiciona mis respuestas, y me empujan a una especie de cinismo sobrado que no me gusta demasiado.
Por eso, cuando ocurre, y me vuelve a pasar, un soplo de frescor limpia mis neuronas y renuevo mis votos con la curiosidad, el riesgo y el placer. Sí, cuanto todavía llego, o me llevan, o hago llegar a lo impensable, lo inesperado, lo que parecía o di por imposible. Ahora es menos intenso que antaño, mas sigo saboreando la potencia que trae la noción de sentirte ilimitado.
Ese escepticismo me hizo creer en varias ocasiones que no volvería a pasar. Y todavía pasa. Quizá lo único de que deba dudar es de que, cada vez que ocurra, esa vaya a ser la última vez.
Pero eso no va a pasar mañana.