Caliente, tanto que enseguida el vapor nubla la estancia.
Agua resbalando sobre la piel.
Solo piel, lisa, perfumada, suave.
Tan delicadamente preparada que al recorrerla el tacto no encuentra el menor relieve.
Y el agua se desliza libre, siguiendo las curvas que sólo la carne dibuja debajo de tu tersura.
No es fácil retenerla. Se resbala entre los dedos, y la fuerza no sirve más que para aumentar la frustración de la presa inútil.
Se revuelve, ríe y provoca, mostrando con descaro su excitación, su pliegues tensos, el volumen pleno, mientras se zafa una y otra vez, en un juego que sabe, en cualquier caso, que no ha de ganar, pues no carece de puntos que facilitan su control.
Uno de los aros que la adornan, en un descuido, queda al alcance de mis dedos. Y se acabó el juego. El rictus de dolor se mezcla con la mirada brillante, a la vez que toda ella, como por ensalmo, se relaja, quedando sólo la tensión del vértice ahora en punta que dibuja una línea con mi mano.
Tiro suave e inexorablemente hacia abajo, y mientras cae de rodillas, la mirada en alto amplifica el descenso que el resto de su cuerpo no puede evitar seguir.
Me gusta el agua, y mientras acaricio su cabeza desnuda, ahora comienza otro juego entre el vaho, la humedad y el calor que no dejan de envolvernos.
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