Hace
mucho tiempo, cuando aún no gozaba de renombre como gurú de la
sensibiliidad absoluta, alguien a quien aprecio me recomendó uno de sus
libros.
La leí. Me provocó cierto desconcierto, pues acabé con la sensación
de haber estado al filo de descubrir una verdad trascendente
fundamental, y sin embargo, no era capaz de decir que había dejado en mí
tan esencial lectura.
Con lo cual, con la esperanza de poder desatascar mi percepción
bloqueada, lo intententé con una segunda obra, esta ampliamente alabada,
"Tokio blues".
Tampoco se me abrieron las puertas del cielo. En su lugar, me quedó
la certeza de que detrás de todo ese virtuosismo formal con pretensión
de exclusivismo sibarita, no había nada más que una venta al por mayor
del insufrible ego del autor.
Hasta hoy, no había buceado más en el asunto, a pesar de que a veces,
cuando me encuentro con el reconocimiento social a su obra, vuelvo a
pensar que igual me pierdo algo que no estoy dotado pata captar.
Pero una pantalla de un ascensor, en uno de esos mensajes enlatados
que sueltan como breves píldoras para resolver la vida, puso ante mi
vista esta frase:
"Lo mejor es la ayuda mutua. Como todos sabemos que somos imperfectos, intentamos ayudarnos los unos a los otros.".
Y todo cobró sentido. Lo importante del mensaje no son "ayuda o
imperfección". No, las claves son "mejor, sabemos, intento" y la primera
persona del plural apelando a aspectos esrnciales del ser. Vamos, que
el apóstol conoce la conducta humana hasta el punto de dar una sentencia
de aplicación general sobre la conciencia colectiva, y él ofrece la
mejor respuesta. El "ellos y nosotros" y la verdad incontestable.
Por supuesto, sin nada que soporte tan maravillosas tesis. La frase
es del afamado "Tokio blues" ya mencionado, y doy fe de que nada,
absolutamente nada en esa obra, permite soportar en modo alguno esa
afirmación. Pues no hay nada de pensamiento en ella, solo supuestas
sensaciones universales.
Un profeta solo florece cuando su mensaje cae como bálsamo de la
necesidad. Qué terrible es pensar que la necesidad de esa nada sea tan
bien acogida en nuestra sociedad. Será, quizá, un síntoma más.