Sí, debería evitarlo, por mucho que parezca cogerme a traición.
Pero es tan difícil de tragar el constante y pretencioso empeño de aquellos que no paran de tratar de dar lecciones y opinar una y otra vez sobre algo que no pueden ver, captar o asimilar.
Pontifican a partir de sus carencias y se quedan tan anchos. Ya, ya sé que para ellos no existe lo que niegan con la cartesianidad del obtuso. Y que por esa misma razón, debería ser comprensivo con su incapacidad.
Pero nunca pude con la estulticia voluntarista de los mediocres, pues es la negación de la razón, la antesala de la barbarie, la uniformidad de la percepción.
Y en un ámbito que precisamente pone en valor esas cualidades que permiten que florezca lo extraordinario, me cuesta admitir que sea la vulgaridad ordinaria la que trate de marcar el paso.
Quizá sea el momento de dejar que se queden con la marca. Pues a los que son de verdad, conocen y confían en su capacidad, dar nombre a la certeza no es algo que necesiten para ser.
Tendré que aprender.
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